La unidad de España no se cuestiona
Vivimos en estos días la provocación manifiesta y descarada de Ibarreche
que consiguió el respaldo institucional del tripartito vasco, además de
los votos de Aralar. Se trata, ni más ni menos, que del intento de
llevar a cabo una supuesta “consulta popular” plena de ingenuidad y de
buenas intenciones. Una “consulta” a través de la cual se pretende poner
de manifiesto la “opresión” terrible que padece el pueblo vasco de forma
histórica –nos dicen sus promotores- y la intención más que evidente de
pasar página de los atroces crímenes cometidos por la banda terrorista
ETA sin entrega de armas, sin rendición de cuentas y sin pago alguno de
condena por horribles crímenes contra la humanidad.
Afortunadamente el Tribunal Constitucional ha declarado inconstitucional
esta “consulta” y declarado nula la ley del parlamento vasco que la
amparaba. Básicamente porque invade competencias exclusivas del Estado y
que sólo a él le competerían. Esto es lo que no les queda claro a unos
cuantos miles de españoles.
Hay quienes nos quieren vender la moto de que lo razonable y lo justo,
lo democrático y solidario, es debatir o discutir sobre cualquier asunto
porque, nos dicen, “todo es discutible” en un Estado democrático y de
Derecho”. Que lo que realmente es improcedente e inicuo es la violencia
pero que por cauces democráticos cualquier cosa puede y debe ser
discutible.
Quienes esto afirman no se dan cuenta de que los mayores crímenes pueden
cometerse con una sonrisa en los labios y sin el empleo de violencia
alguna. Las grandes estafas, los fraudes, la venta de droga, la
seducción a menores o la pedofilia, el comercio con inmigrantes, la
trata de blancas, etc., etc. etc.
Y que muchas respuestas violentas de las naciones a lo largo de la
historia no han sido sino actos heroicos de los pueblos tratando de
proteger su propia existencia, o valores tan supremos e inatacables como
el de la Justicia y la Libertad.
A veces se nos acusa a las “víctimas del terrorismo” de ser vengativas,
rencorosas y odiosas. Como si lo de “víctima” fuera una profesión o una
característica personal o social, una peculiaridad que nos acompaña de
forma libremente escogida y voluntaria.
Particularmente jamás he querido ser “víctima” de nada, ni desde luego
ejercer como tal. Quienes hemos padecido el fenómeno abyecto de la
violencia terrorista en carne propia deberíamos detenernos a profundizar
sobre cuáles son las causas que llevaron a un grupo de descerebrados a
asesinar, por la espalda y sin posibilidad de defensa, a nuestros
familiares. Si ellos en verdad murieron por algo noble y digno, como su
pueblo o su Patria, o si nosotros, sus descendientes o ascendientes,
podemos convertir su sacrificio en meros accidentes circunstanciales Y a
nada que profundicemos unos minutos llegaremos a la conclusión de que la
verdadera razón de su asesinato nace en una “pacífica” determinación
tomada en el silencio sosegado de algún despacho de Sabino Arana y de
los que han sido sus imitadores y ladinos sucesores.
Son las determinaciones injustas, por muy pacíficas y sosegadas que se
nos muestren, las que provocan las reacciones que acaban e injusticias,
asesinatos y atrocidades. No pueden desvincularse las unas de la otras.
Quienes lo hagan, al menos, yerran. Y yerran además gravemente. He
defendido muchas veces el argumento de que lo peor de ETA no es el hecho
de que asesine personas inocentes, con todo lo que ello implica de ruin
y de aberrante. Esto es solo la consecuencia. Lo realmente diabólico de
ETA es que obedece exactamente al mismo plan preconcebido de asesinar la
esencia de España arrancándola un pedazo y sembrando de cadáveres sus
campos y ciudades si con ello consiguen su propósito.
Son las decisiones de despacho, democráticas, pacíficas y sosegadas,
como la que ahora acaba de impedir el Tribunal Constitucional con su
pronunciamiento en contra del referéndum ilegal de Ibarreche, las que
promueven que un grupito de canallas sieguen la vida de los españoles
por el mero hecho de serlo y generen enfrentamientos armados sin razón,
sin argumento jurídicos, históricos o legales posibles.
Por ello, atajar el problema nunca puede ser eliminar sus consecuencias,
sus síntomas, sus podridos frutos, sino atajar y eliminar la causa, el
verdadero origen del mal: el independentismo.
Página web de la AVT: http://www.avt.org
Más información en: http://www.lafalange.org




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